«Soy adicto al chocolate.» Lo dice mucha gente, generalmente entre risas, con restos de cacao en los dedos. Suena a exageración inofensiva. Pero para un porcentaje significativo de personas, la relación con el chocolate tiene más de compulsión que de placer.
Existe incluso un término para ello: chocoholismo. Y aunque no aparece en los manuales de psiquiatría como diagnóstico formal, la ciencia tiene bastante que decir sobre por qué ciertas personas simplemente no pueden parar de comer chocolate.
El chocolate es un cóctel químico fascinante. No hay una sola sustancia que explique su poder adictivo. Son varias, trabajando juntas:
El chocolate con leche y el chocolate blanco tienen altas cantidades de azúcar y grasa. Esta combinación dispara la liberación de dopamina de forma más intensa que cualquiera de las dos por separado. Es lo que los científicos llaman un alimento «hiperpalatable»: diseñado (o en este caso, compuesto naturalmente) para maximizar el placer.
El cacao contiene teobromina, un estimulante suave de la familia de las metilxantinas (la misma familia que la cafeína). Produce una sensación de bienestar leve y sostenida. No es tan potente como la cafeína, pero contribuye al efecto general.
Conocida como la «molécula del amor», la feniletilamina es un compuesto que tu cerebro también libera cuando te enamoras. El chocolate la contiene en pequeñas cantidades. La mayoría se metaboliza antes de llegar al cerebro, pero algunos investigadores creen que contribuye a esa sensación de bienestar.
Aquí es donde se pone interesante. El chocolate contiene anandamida, un endocannabinoide natural. Sí, tu cuerpo produce sustancias similares al cannabis, y el chocolate contiene una de ellas. Las cantidades son minúsculas, pero el chocolate también contiene compuestos que ralentizan la degradación de la anandamida, lo que podría prolongar sus efectos.
Más allá de la química, el chocolate tiene una carga emocional enorme. Desde la infancia se asocia con premios, celebraciones y consuelo. «Te has portado bien, toma un bombón.» «Estás triste, come chocolate.» Esas asociaciones quedan grabadas en el cerebro y se activan cada vez que necesitamos un alivio emocional rápido.
Las mujeres son más propensas a reportar antojos de chocolate, especialmente durante el período premenstrual. Durante mucho tiempo se pensó que era por necesidades de magnesio, pero estudios recientes sugieren que es más una cuestión de regulación emocional y cambios en los niveles de serotonina.
Comer chocolate de vez en cuando es normal y saludable. Incluso tiene beneficios: el cacao puro es rico en flavonoides y puede mejorar la salud cardiovascular. El problema aparece cuando:
Cuando el chocolate deja de ser un placer y se convierte en una necesidad, el patrón se parece mucho al de otras adicciones conductuales. El mecanismo cerebral es similar: estímulo, recompensa, tolerancia, compulsión.
El chocolate comercial — el que la mayoría consume — está cargado de azúcar añadido y grasas saturadas. El consumo excesivo contribuye a:
Pasa del chocolate con leche al chocolate negro con más del 70% de cacao. Tiene menos azúcar, más flavonoides y es mucho más difícil de comer en exceso. Dos onzas de chocolate negro al 85% sacian de verdad. Dos onzas de chocolate con leche solo abren el apetito.
¿Comes chocolate cuando estás aburrido? ¿Estresado? ¿Después de una discusión? Identificar el patrón es el primer paso para romperlo. Un diario de alimentos puede ayudar más de lo que parece.
Suena simple, pero funciona. La distancia entre tú y el chocolate reduce drásticamente el consumo impulsivo. Si tienes que salir a comprarlo, la mayoría de las veces no lo harás.
Tu cerebro necesita dopamina. Pero no tiene que venir del chocolate. El ejercicio, la música, una conversación agradable o incluso un baño caliente activan los mismos circuitos de recompensa sin los efectos secundarios.
El chocolate no es el enemigo. La relación compulsiva con él sí puede serlo. Disfrutar de una onza de chocolate negro después de cenar es un placer legítimo. Acabarse una tableta entera mientras ves la tele no lo es. La diferencia está en quién tiene el control: tú o el antojo.
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